How to Start a War [Samuel García]

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How to Start a War [Samuel García]

Mensaje por Samuel Garcia el Jue Mar 06, 2014 5:55 pm





Es mejor cuando sonríes


Samuel Garcia
16 años ▲ Masculino ▲ Bisexual ▲ Trastorno disociativo ▲ Grado 1




FÍSICO
Sam es un chico. Eso cualquiera lo nota con solo verle. Su aspecto infantil no es muy fiable que digamos, teniendo el cabello revuelto como lo tiene, uno lo ve más joven. Hablando de eso, su melena negra es muy suave, como el cabello de un perrito, y siempre la ha mantenido corta, se siente más cómodo así. Normalmente no se molesta en cepillarlo o arreglarlo, así que es normal que se le salga uno que otro mechón de orden, o que le caiga algo sobre la frente. Y sus ojos, son de los más bonitos que te cruzarás. Son azul Calipso muy fulgurante y lleno de energía, muy lindos en verdad.

Su contextura, es la de un adolescente en desarrollo aún, pero tiene todo lo que podría tener alguien de su edad. Bajo su ropa, oculta unos músculos delgados pero evidentes, y su abdomen es plano, pero resistente. Tiene una buena fuerza física, y resistencia al cansancio gracias a esto. Sus pies son ligeramente más grandes de lo que deberían, lo que le aporta un poco de equilibrio al caminar, y sus manos son suaves y ligeras, evidenciando una motricidad fina exquisita, pero algunas veces se pone muy tosco con ellas. Tal vez lo puedas ver con aguja en mano, cosiendo alguna prenda rota, pero otras le darás un lápiz y no lo podrá sostener bien.

Su vestimenta es un detalle muy simple. Se trata prácticamente de pura ropa deportiva. No le hables de camisas, corbatas, ropa de gala, no son de su agrado. Una buena sudadera, camiseta, y pantalones ligeros son su estilo, junto a unas zapatillas para correr normalmente azules o rojas. Y un detalle que le agrada usar, es un uniforme de un equipo de basketball que él admira.

PSICOLOGÍA
¿Por dónde puedo comenzar? Bueno, veremos primero su personalidad principal, la verdadera, la que tiene normalmente. Se trata de un chico que no crece, y sí, Sam no crece en mentalidad. Es alguien en extremo inocente, optimista, y dinámico. No intentes decirle nada con un sentido por detrás, que él no te lo captará. Casi que es lo más común del mundo verlo con flores y corazones rodeando su cabeza, por decirlo de alguna manera. Y su optimismo, es de lo mejor. Es muy difícil hacerlo enojar, entristecer, porque en verdad no puede verle sino un lado positivo a las cosas. Si bien puede haber algo malo, tiene que haber algo bueno, esa es su creencia, que todo está equilibrado, y él opta por ver lo bonito de las cosas.

Tengo que explicar en detalle lo de “dinámico”, porque tiene varios significados. Para empezar, es muy activo, alguien que con gusto madruga todas las mañanas para salir a divertirse un rato. Se mueve de aquí para allá, hace de todo y nunca se cansa. Aunque apenas se oculte el sol, tiene que desfallecer en su cama en una buena noche de sueño. Sí, tiene un reloj biológico muy bien sincronizado. Otra cosa, su alegría es muy especial sin duda. Aún después de un gris día, Sam puede hacerte sonreír fácilmente, porque es contagioso que sea así. Créanme, es como una luz. Le encanta ver a la gente sonreír, y hace lo posible porque lo hagan. Su frase y mantra es, que una sonrisa es siempre mejor. Cuando uno es feliz, a su alrededor se propaga la felicidad. Cuando uno se oculta tras una mentira de alegría, puedes ver quienes te conocen lo suficiente para ver tras esa máscara. Además... son bonitas, o eso piensa.

Ahora, lo que sigue es su enfermedad, su trastorno de personalidad disociativa. Esto le ha traído problemas una que otra vez. Esta personalidad merece el título de “antítesis”, es increíble que sean el mismo cuerpo. Depresivo, desconfiado de todo, cobarde, encerrado. Cubierto por una nube azul siempre, esta personalidad, llamémosla “número 2”, no puede sonreír por más que lo intente. Y no es que trate. Siempre con un ánimo lúgubre, de voz monótona y aburrida, a diferencia de Sam que te contagia su buen ánimo, número 2 te enferma de depresión. Y las lágrimas, ohoho, si algo identifica a esta personalidad es que por cualquier cosa bota una regadera de lágrimas. Llega a ser incluso detestable.

Esta personalidad, de por sí ya es muy contrastante con la principal. Pero la bala de gracia, es qué tanto puede querer alejarse del mundo. Llega a encerrarse a sí mismo en una habitación, desesperado por no ser visto, ser invisible, y llega a quedarse ahí por horas. Es como si la luz del sol fuera tóxica para él. Número 2 teme ser tocado por otra persona, llega a pensar muchísimas cosas de qué podría eso significar, a diferencia de Sam que adora los abrazos, y la energía que poseía mientras era alegre, se esfuma en un dos por tres al volverse depresivo. Es posible relacionarlo con un jaguar. Corre a más de 100 km/h de a momentos, y de a otros se queda quieto como estatua sin que nadie lo pueda mover.

Esta enfermedad, por fortuna, es de grado 1 únicamente. Si bien hay una cicatriz de cortadura en el brazo del chico de un episodio muy prolongado, Número 2 no aparece muy frecuentemente. Suele ser que Sam es el chico dinámico de siempre.


HISTORIA
Vives donde no perteneces. Pisas tierra donde no naciste. Aquí no te quieren. Aléjate. O pronto algo te ocurrirá. Samuel nació, pero nunca supo donde. Tuvo padres, pero no se enteró jamás de quiénes eran. Su primer recuerdo se remonta a los 4 años, viendo a su hermano Diego y a su hermana Mercedes, con pistolas en mano, defendiéndolo a él, que aún no sabía defenderse. ¿Dónde estaba? Nada más ni nada menos que en Siria, en medio de un atentado terrorista. Claro que él no sabía en qué estaba metido, solo recordaba estar en una caja, oculto, mientras veía a sus hermanos disparando incesantemente.

Esa noche, uno más de sus recuerdos antiguos, comía estofado caliente. Era una pequeña ración, y Sam la disfrutó agradecido. Mercedes, o como prefería ser llamada, Mecha, se había asegurado de que el agua no estuviese contaminada a la hora de cocinar, y Diego había conseguido un poco de carne en un supermercado en ruinas. Aún era comestible, y sabía fenomenal.

-Oye, Samy –le llamó Mecha. Sus hermanos eran los únicos que lo habían llamado así.

-¿Sí? –preguntó él, que quería seguir comiendo, pero sabía que escuchar cada palabra de sus hermanos era muy, muy importante.

-¿Quieres mi ración? Estás creciendo rápido, deberías comer más. –

Iba a negarse, pero un ruido de su estómago le decía que estaba ansioso por tenerla, así que no le dijo que no. Acompañados por el fuego, Sam, Diego y Mecha miraron hacia el cielo. El chico contaba las estrellas, quería saber cuántas había, y encontraba con facilidad constelaciones bonitas, lo cual le hacía caer dormido en pocos minutos. Mientras su hermana le acobijaba como podía, entre mantas que había conseguido, Diego vigilaba atento, buscando. Aunque Sam tenía muchísima curiosidad de saber qué era lo que siempre buscaban sus hermanos en el ocaso, nunca les preguntó. Debía ser algo extremadamente importante, y el chico, siendo un poco torpe, podía interrumpir su misión. Les tenía un gran respeto.

Era más o menos así todos los días. Sam se ocultaba como podía, y conseguía la barra del pan del día, aprovechando su tamaño. Algunas veces conseguía esos pedazos brillantes y redondos, y sus hermanos lo recompensaban con un poco más de comida a la cena. Decían estar “ahorrando”, aunque el menor nunca supo qué era eso. Ah, y disparos. Muchos disparos. Eran incesantes, algunas veces dolían los oídos de tanto estruendo que se hacía oír.

Por si no te ha quedado claro, es muy simple. Sam y sus hermanos habían estado atascados en Siria desde hacía mucho, no podían salir sin pelear cada día, y cada uno tenía su especialidad al tiempo de sobrevivir. Diego era el fuerte, quien protegía a la familia. Mecha era la sabia, tenía idea de dónde encontrarlo todo y cómo curar heridas cuando era necesario. Sam era más escurridizo que una rata, y se metía por agujeros donde nadie cabía, a conseguir comida, municiones, y dinero para sus hermanos. Esperaban algún día conseguir lo suficiente para largarse de allí, y vivir una auténtica vida de familia. O al menos, así se hacían llamar.

García es un apellido poco común para un país como Siria, ¿no? Esto tiene también su explicación. Y comienza con Diego, quien en realidad sí había conocido a sus padres, pero en un simple viaje, de motivos irrelevantes, ambos fueron envenenados con agua podrida, contaminada por los terroristas al momento de revelarse. Y Diego se hubiera quedado solo, si no hubiese encontrado a dos chicos menores. Una, una niña de apenas 7 años, frágil y débil, que no sobreviviría si no tuviera a alguien que la cuidara. Por eso, le dio el nombre de “Mercedes”, siendo que ella misma no lo recordaba, le enseñó su lengua, y ambos hermanos García se mantuvieron juntos en todo lo que era sobrevivir. Sam entra en su historia como un pequeño bebé, dos años después, siendo que sus padres habían sido aplastados por un edificio en ruinas, pero él había sobrevivido. Así adquirió su nombre, y creció creyendo que Mecha y Diego eran sus auténticos hermanos, que lo ayudaban y protegían en todo. Era feliz, y eso hacía felices a todos.

Una noche, Sam había tenido una pesadilla, y se había despertado de golpe. Empezó a tantear en busca de la mano de alguno de sus hermanos para tomarla, y volver a dormir, como siempre había sido. Pero... ¿acaso el suelo había sido siempre tan blando? Bueno, era ligeramente rígido, pero era mil veces más cómodo que dormir solo con un cartón que te separaba de los guijarros. Y la calidez que lo envolvía era realmente algo único. ¿Dónde estaba? No era para nada parecido al callejón donde se había quedado la última noche.

Llegó un hombre extraño. Vestía completamente de blanco, llevaba algo así como guantes, pero eran blanquecinos también, y se veía un poco su piel a través de ellos. Sam siempre había visto guantes con muchas personas, y conseguía para sus hermanos para cuando se les rompían, pero eran negros, y mucho más rígidos, de cuero. ¿Qué sería ese material? Se anduvo preguntando eso hasta que notó cómo lo sostenían y lo amarraban a una cama menos suave que la anterior. Diego se lo había dicho una vez. “No importa cómo, si te empiezan a amarrar, escapa lo antes posible”. Y el pelinegro se agitó como nunca lo había hecho, intentando romper esas extrañas cuerdas negras y lisas. Pero era inútil, no era tan fuerte a sus 7 años.

Lo que siguió, fue lo verdaderamente terrible. Te contaré qué era ese lugar. En un apartado rincón de Siria, se ocultaba un laboratorio de aspecto civil e inofensivo, pero era el hogar del diablo. Experimentos humanos, irónicamente, pero bien catalogados como “inhumanos”. ¿Qué loco quiere saber cómo queda un humano a la exposición corta y prolongada a ácidos? ¿O qué les puede pasar si los dejan con ratas hambrientas en un espacio cerrado? Una mente tan retorcida como lo era la de su dueño. Y Sam estaba entre sus garras, ahí una parte de su alma moriría, y nadie podría evitarlo. Ni siquiera sus hermanos, que ahora lo buscaban desesperadamente.

¿Qué le esperaba ahí? Un horror. Todos los días los hombres malos le hacían cosas dolorosas o humillantes, y Sam no podía decir o hacer nada, o le pondrían a hacer cosas peores. Tenía mucho miedo. Incluso hubo uno que le rozaba “sus partes” decía “por accidente”, pero era claro, aún para los inocentes ojos del chico, que algo quería. Y él no quería averiguarlo, primera vez en que esa curiosidad suya desaparecía, primera vez que estaba tan asustado. Quería a Mecha que le curara sus heridas y le diera un abrazo de buenas noches. Quería a Diego, que les pateara la cabeza a los hombres malos como siempre hacía. Quería a sus hermanos, los extrañaba mucho.

¿Se preguntan el origen de la segunda personalidad de Sam? Justamente ahí. Si bien cada noche estaba un poco más destruido, había algo que lo salvaba. Su mente había reservado una segunda persona, con toda la inocencia del Sam auténtico, su felicidad, su sonrisa imborrable. Le permitía no vivir esos terribles recuerdos. Mientras, quien los sufría, ahora lo podemos llamar “número 2”, la segunda personalidad de Samuel, quien le protegía, recibiendo todo el daño de los experimentos, llorando cada noche, pero nunca se rendía. La única vez, que Número 2 se mostró valiente, no se dejaba ser asesinado nunca por esos científicos.

Lo peor que pudo haberle ocurrido en toda su vida, no fue ser un sobreviviente de guerra por más de 7 años, no fue ser atrapado por un laboratorio infernal. Era lo que vendría después.

Era una mañana muy común, y Número dos volvía a levantarse esperando los experimentos. Sabía que él era la segunda personalidad, y se sentía con la responsabilidad de proteger al verdadero dueño de este cuerpo. Al llegar los científicos, él no opuso resistencia. Gran error, hubiera intentado escapar esta vez si hubiera sabido qué pasaría. Comenzó como una cirugía, pero sin anestesia, por lo que tenía que morder una almohada para no gritar de dolor. Pero lo que despertó una sospecha terrible, fue que le acercaron una mascarilla para anestesiarlo y dormirlo. ¿Qué iban a hacer? Nunca aplicaban calmantes, eran sádicos que disfrutaban del dolor, ¿qué iban a hacer? Pero cayó inconsciente antes de intentar formulárselo.

Al despertar, ya tenía la herida cosida, y un parche en la parte de atrás de la cabeza. ¿Un parche? ¿Qué haría ahí? Iba a tanteárselo, cuando notó una de las pantallas de las grabaciones del laboratiorio. Y Sam estuvo a punto de vomitar por las escenas. Le habían abierto el cráneo, atravesado todo el hueso ya formado, dejando expuesto su cerebro de un modo que cualquiera con un poco de inteligencia hubiera encontrado asqueroso. Y no era todo, le habían introducido un chip dentro, le habían implantado algún dispositivo raro que él no comprendía. Pero su función le quedó clara apenas él empezó a mover sus brazos y piernas contra su voluntad.

-Es perfecto, simplemente perfecto. El chip de control motor humano es simplemente perfecto –se oía una voz macabra, que estremeció a Sam. Se sentía atrapado, a punto de ser destruido. Y número dos no podría aguantar mucho más sin quebrarse completamente.

Solo pasó un día más. Era ya su duodécimo cumpleaños. Número dos estaba al borde. En algún momento, sería Sam quien tendría que enfrentar todo esto, y sería ahí su perdición. Pero se oyó una terrible explosión que le recordó a sus días como sobreviviente de guerra. ¿Era eso? ¿Sería que la guerra atacaba este laboratorio? Si así era, tenía una oportunidad. La personalidad alegre de Sam volvió a presentarse luego de años de estar sepultada bajo Número 2. Ahora veía todo con su optimismo típico, y quería escapar, lo antes posible. Esperaría a que su puerta se abriera por alguna bomba, y aprovecharía. O tal vez la fuerza de la explosión lo matara y acabara con su sufrimiento. No había nada que perder. Pero justo cuando su puerta se abrió, sus ojos se bañaron en lágrimas de alegría.

-Enano, te nos pierdes un segundo y nos haces destruir todo un laboratorio. Toma tus cosas, y nos largamos de aquí –le dijo bromista Diego, con su apodo cuando quería sonar acusador.

Sam en ese momento quería tirarse a los brazos de su hermano. Ya, por fin después de 5 años, lo volvía a ver. ¿Mecha estaría aquí también? Pero bueno, no era el asunto. Tomó un par de cosas de ahí, y salió corriendo junto a Diego lo más rápido que podía. Él en un momento, le hizo un gesto que aún reconocía. “Tápate los oídos”. Y así lo hizo. Se oyó una nueva explosión, pero era diferente, como un pulso muy fuerte pero no tan destructivo. Literalemente, una bomba de pulso electromagnético. Eso... desató un problema que nadie se esperaba.

Un silbido, extremadamente agudo y resonante, se abrió paso por los oídos de Sam. Era ensordecedor, horrible. Pero no tenía sentido, cubrirse los oídos servía para evitar eso al oír una explosión. Y antes de darse cuenta, estaba tendido en el suelo, y sus brazos tenían espasmos constantes. No solo sus brazos, su cuerpo entero temblaba y él no podía controlarlo. Sobre el silbido ensordecedor, logró reconocer la voz de Diego, pero estaba tan ahogada... apenas reconoció sus palabras.

-¿Sam? ¡SAMUEL! ¡Reacciona! –Y quiso sujetarlo para que dejara de temblar, pero no había caso, el chico algo tenía mal, no funcionaba como quería.

Diego tuvo que cargarlo en brazos por sobre el hombro, mientras él seguía temblando. Sam aún no perdía la conciencia, tenía los sentidos opacados y no podía moverse como quería, pero aún estaba despierto. Su hermano corría desesperadamente, como si temiera que algo malo le estuviera pasando. Estaba aterrado. Mientras corría, Sam logró distinguir la silueta de Mecha a la distancia, y apenas lo vio fue corriendo a ver qué ocurría. En un momento, el sonido se apagó, y si bien los oídos de Sam no funcionaban como debían, logró distinguir sus palabras.

-¿Sam empezó a convulsionar? –preguntaba aterrada Mecha

-¿Qué clase de cosas le hicieron aquí? –musitaba con rabia Diego

-Déjame revisarlo –

-No hay tiempo, tenemos que irnos –y volvió a correr, pero esta vez Mecha lo seguía.

Después de eso, Sam se quedó inconsciente, y lo siguiente que recordaba, era a sí mismo acostado en los asientos traseros de un auto, conducido a toda velocidad por Diego, y a Mecha con una cara terrible de preocupación. No quiso hablar. Seguro harían preguntas, y no quería preocuparlos más. Además, tenía muchísimo sueño, así que volvió a dormirse.

Resultó que en este tiempo, Diego y Mecha habían conseguido un montón de cosas, incluso un trío de boletos de avión que los sacarían de Siria lo antes posible, y en un abrir y cerrar de ojos estaban volando hasta Escocia, un destino completamente apartado de esa realidad. Pero Diego y Mecha no tardaron en darse cuenta de todo. De todo lo que había pasado Sam, de su segunda personalidad, el chip en su cabeza, todo. Nada estaba a su alcance, por primera vez no habían logrado proteger a su hermanito, y ahora él no podía ser salvado por ellos.

Su impotencia los obligó a tomar una decisión difícil. El problema de su segunda personalidad, tendrían que dejárselo a profesionales. Es por eso que Mecha un día lo inscribió en Asylum Madness, para que ellos pudieran ayudarlo, desconociendo toda su historia pasada. Ambos confían en haber hecho lo mejor, y Sam a sí mismo, confía en que pronto volverá a ver a sus hermanos, esta vez sano como manzana.


OTROS DATOS
Físico: Tetsuya #2, Human Version – Kuroko no Basuke.

~El peor problema que enfrenta Sam, es el chip en su cerebro. Este en definitiva no tiene solución, dado que intentar removerlo puede significar dañar muchas cosas en su cerebro. Él aceptó vivir con él, pero algunas veces, por el daño causado por el PEM de su rescate, desactiva sus funciones motoras como aquella vez, solo que ahora solo puede quedarse paralizado, en un estado parecido a un desmayo, pero sin perder la conciencia. En otras palabras, algunas veces deja de moverse sin poder evitarlo.

~Tiene un pequeño peluche de oso, que sus hermanos le dieron antes de internarlo en el psiquiátrico.

~El cambio de personalidad de Sam puede estar relacionado con los sonidos fuertes, exceptuando el silbido que genera el chip cuando empieza a fallar. Si algo causa un estruendo, es más posible que cambie de carácter.

~Ninguna de sus dos personalidades es realmente peligrosa. A lo sumo, número 2 llegó a cortarse una vez, pero no volvió a pasar.

~Es común verlo cantando alguna canción.

~O Ríes o Lloras~
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Re: How to Start a War [Samuel García]

Mensaje por Ingrid V. Seckandroff el Vie Mar 07, 2014 4:59 pm

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